David G. Panadero

David G. Panadero, periodista y escritor, nació en Madrid en 1974. Aún sigue muy apegado a sus viejas aficiones, como rebuscar en las estanterías de vídeo-club y sufrir las madrugadas de Antena 3; de este modo fundó con un grupo de amigos el fanzine Cólico Miserere en 1992. Después llegarían las colaboraciones en publicaciones más respetables, como Pasadizo, Cyberdark, Bibliopolis, 2001, Gigamesh, o Stalker, que actualmente dirige, más debido a su tesón, entusiasmo y constancia que a méritos propios. También es autor del libro Dark City. Mientras la ciudad duerme (Midons, 2000). Tras una sufrida etapa como redactor, prefiere dejar a un lado el periodismo profesional para vivir como factótum a la vez que edita Prótesis, publicación consagrada al crimen. Todo este batiburrillo de pasiones, de Henry Mancini a Mr. Bungle, de la serie B a la novela negra española, de la ciencia ficción a los cromos de La Pandilla Basura, conforman el mundillo de este autor.

 

            A tientas es como mejor le salen las cosas. Decide que está aburrida de reuniones familiares, de compañeros de oficina, de asistir a las bodas de sus amigas, de ir a cenar al recién estrenado apartamento de aquella compañera de promoción... Así que este fin de semana no piensa responder un solo mensaje de móvil ni un e-mail.

            Una vez ha pintado sus uñas de un rotundo negro, se maquilla con rudeza, como una actriz de película muda, se pasa un cubito de hielo por los pezones hasta sentirlos agresivos, encaja un tanga en su afeitado pubis, y deja caer dos escuetas gotas de Opium tras las orejas. Vestida de negro otra vez.

            Camina como una autómata, sorteando a indigentes y taxistas, resuelta a llegar al Black Order, el último refugio para treintañeros fracasados.

            El club se encuentra en el corazón del Brooklyn Heights, bajando estrechos callejones y restos no estudiados de la arqueología urbana. Atrás quedan los cláxones y los rugidos de los coches. Se accede por una puerta que parece dar al alcantarillado. El local está situado en unas antiguas cocheras del metro, allí donde tantos despistados pisaron el tercer raíl y murieron de un fogonazo.

La doble alambrada que separa el Black Order del exterior sigue luciendo afilada y cortante, rematada en la parte superior por cuchillas, un elemento de disuasión para todos aquellos que querían pasar a las cocheras a entretenerse y embadurnar de graffiti los vagones. Acaso falta una cosa: aquellos perros hambrientos que deambulaban con furia en los ojos, recorriendo el estrecho pasillo que quedaba libre entre las dos alambradas.

Apenas ha llegado hasta la taquilla; el “Last night” de Strokes precede a la humareda de tantos cigarros danzando en la oscuridad, de tantos vasos entrechocando, promesas de una noche especial. Una vez traspasadas las vallas, abajo en el gallinero es fácil confundirse entre las oleadas de cuerpos fatigados, que bailan como epilépticos. Y entonces se siente bien. Vestida de negro otra vez. Le asalta la idea de que la ciudad duerme, y todos los que llenan el local respiran al unísono como un inmenso pulmón que da vida al mundo occidental. Dead of night.

 

En seguida se percata de que él está ahí y el corazón le da un vuelco que no sabe si le produce dolor o placer. Se siente vulnerable. Siempre había jugado a eso: cuando va en metro, se fija en un rostro desconocido y trata de inventar su vida. Y trata de imaginar de dónde viene, quién le espera, qué cenará hoy y en compañía de quién. Ahora lo tiene frente a ella; es la materialización de sus deseos más íntimos; todo lo que necesita para convertir esta noche en un recuerdo perenne. Sólo es capaz de ver eso en él. No quiere ver nada más en él.

Su tosca mandíbula le da un aire asilvestrado, amenazante, de bestia que marca el territorio, y el traje típico de oficinista apenas llega a ocultar un cuerpo fibroso, cuerpo de pantera, que se resiste a pasar horas y horas encerrado entre ficheros y pantallas de ordenador. Es una de esas personas que destacan entre la multitud, de esas que te hacen volver la cabeza para asegurarte de que la has visto. Ahora ella juega a ignorarle. Tu tiempo es muy valioso y no has venido aquí para perder los papeles con nadie. Si viniera hasta ti tendrías muchas cosas que decirle. Pero sabe que no es así, y se siente como una rata cazada, como un reo esperando el tiro de gracia, pendiente por el rabillo del ojo de este cerdo vanidoso que la ignora.

Una música especialmente envolvente, la sensación del whiskey sedándola, luces que se tornan borrosas, movimientos torpes y lentos, la cabeza se le dispara en mil direcciones, pero es incapaz de reconducir una sola de esas ideas. Se ahoga entre la multitud, pero enciende un cigarrillo. Ahora respira a través del cigarrillo mediante largas caladas. Trata de reordenar mentalmente su entorno y le sorprende el rostro de él, alzando la mano con la copa en un gesto de invitación. Apenas acierta a responder, alza su propio vaso con una sonrisa discreta. Gracias tesoro, pero me puedo pagar mis propios gin-fizz. Parálisis. Bloqueo. Ideas que le rondan la cabeza y no llega a decir.

-Tranquila, sólo soy hemofílico.

-Gracias, ya voy servida.

-Insisto.

-...

-Brindemos.

 

Lo más que puede ofrecerle en su pequeño apartamento es vino blanco y música de John Coltrane. El apartamento apenas dice nada de sí misma, como si acabara de aterrizar en él. Apenas tiene fotos de nadie. Sí; hay una de cuando ella era pequeña en la que muestra un gesto reflexivo, la barbilla apoyada sobre unas carnosas manitas, ojos llenos de curiosidad, mirada inteligente, gesto serio.

Un gato se despereza y sale de su cojín para observar al invitado.

-¿Cómo se llama?

-No tiene nombre.

-¿No tienes pensado...?

-Me gusta jugar en igualdad de condiciones: el gato no puede llamarme de ninguna manera así que yo tampoco le pongo un nombre.          

-No te importa, ¿verdad? – se quita los zapatos antes de esperar una respuesta. Se sienta en el sofá y apoya los pies en la mesa.- Ahora mis pies respiran. Es el contraste: llevaba todo el día embutido en esos dolorosos zapatos, y ahora me libero. Después del dolor...

Vuelven a besarse, van dejando la ropa como un sendero de migas y acaban en la cama. Una vez ve su cuerpo, advierte las cicatrices en las muñecas, y aunque no quiere que se sienta compadecido, le acaricia el pelo y le ofrece la mirada más comprensiva de la que es capaz.

-Ah... ¿Te llama la atención esto?

-Bueno, quizás...

-Si no te gusta, puedes mirar a otra parte del cuerpo- sonríe despreocupado.

Ya tumbados, su pasividad resulta casi irritante; por tanto decide dejar atrás escrúpulos y empieza a acariciar su pene con una mano sabia, mano que augura más caricias. Pero toda la respuesta que obtiene es su silencio.

Lame su pecho musculado tratando de despertar deseos; la lengua baja sin tapujos hacia el pubis y se encuentra con el comienzo de una erección. Ya no le queda otra alternativa.

-Déjalo.

Sus labios responden besando abajo.

-No te molestes; en serio. No hace falta.

No ha caído en la cuenta de que los relojes han seguido su ciclo implacable. Apenas él ha dado una cabezada mientras ella trataba de dormir, y ya despunta el alba al fondo. El cielo se muestra de un amarillo enloquecedor. Contra las pesadas nubes de polución se recortan edificios por doquier; edificios hasta tan lejos como abarca la vista. Recoge con gesto amargo el vestido de cuero negro que anoche se quitó con alguna ilusión; ya es momento de desayunar y bajar a por el periódico.

 

Siete días después se sorprende a sí misma caminando hacia el Black Order. Ahora apenas saborea la ciudad de noche ni repara en los callejones que va atravesando; no tiene tiempo ni capacidad de concentración para más.

Esta vez la cola para entrar es increíblemente larga. Sigue con sus viejas aficiones, observando a la gente y reconstruyendo sus vidas. Aquel treintañero de pelo rapado, el que lleva una pentalfa tatuada en el hombro, seguro que se ha ido desclasando, pasando por todo tipo de subempleos, pero se le ve contento de no tener excesivas ataduras, de seguir viviendo como un adolescente...

Hoy le resulta mucho más fácil que la primera vez. En cuanto aparece, resalta entre las penumbras. Vuelve vestido de etiqueta otra vez. Vaya, se me olvidó preguntarle a qué se dedica de lunes a viernes. Y sus miradas se cruzan. Esta vez no hay lugar a equívocos. Una mirada, un gesto de invitación, y allí quedan dos copas abandonadas que nadie beberá.

La ciudad de noche tiene algo especial. Los halos de luz de las farolas jalonan las largas calles; de los sumideros y alcantarillas surgen emanaciones y vapores espesos. Nueva York es una ciudad sucia pero le gusta.

Se deja llevar como una marioneta sin hilos, y en seguida se da cuenta de que caminan hacia su propia casa. Ambos conocen ya el camino; decirlo a las claras sería una obviedad, quizás incluso una grosería. Simplemente siguen el camino en silencio; ella sin saber qué harán allí, él en silencio. Acaban formando un extraño cuerpo bicéfalo, las extremidades confundidas y mezcladas, roces bajo el agua, en la pequeña bañera de su apartamento. Él marca un ritmo lento y ceremonioso, y se demora en jugar con sus pezones. Ella le mira con la sonrisa más sincera que ha mostrado en años.

-Te gusta tocarme- sus manos responden por él, explorando cada pliegue de su cuerpo- ¿No te estarás enamorando de mí?- Una sonrisa cómplice de vencedora.

-Ya sabes cómo son estos tiempos. Para enamorarme de ti debería psicoanalizarte antes.

-Mírame a los ojos: son manchas de tinta. ¿Qué te dicen?- Las caricias continúan bajo el agua.

-Es el error de mucha gente. Confiar su vida a la persona equivocada.

-Entonces, cuando veas a tu princesa...

-Sabré que lo es porque será la mujer con la que compartiría mi vida hasta la muerte. Una muerte digna, que se recordará años después. El final más digno para mi vida, para nuestra historia de amor.

-Parece demasiado para digerirlo de un trago.

-¿Sangrarías por mí?- Desconcertada, trata de sorprenderlo alzando las caderas hasta dejar su sexo brillante fuera del agua. -¿Morirías por mí? ¿Moriremos juntos?- se sienta a horcajadas sobre él, los sexos fundidos, la mirada extraviada. Le devuelve una sonrisa trémula, y con un chasquido de lengua él hace asomar una cuchilla entre sus labios y le muestra sus muñecas llenas de cicatrices.

Entonces se da cuenta. Que ha ido demasiado lejos. Que está complaciendo a un sádico, y la placidez del champán viene sustituida por un fuerte golpe en las sienes, unos latidos de corazón, bomba de relojería que le ofrece una dosis de realismo. Y ya no quiere seguir bajo el agua con él. Apenas consigue alzar su voz en un grito, pero salta de la bañera para tropezar mientras intenta salir de ese cuarto de baño.

Él la mira extrañado. Gesto de “aquí no hay para tanto”, y sigue disfrutando del agua  templada, mirándola con la sorpresa con que se mira a un loco, pero ella le devuelve esa misma mirada de aprehensión, y coge la radio que está enchufada a la red eléctrica. Si sacas una navaja es para usarla. Nunca alardees de un arma; si la sacas, úsala. Amenaza con tirarla al agua. Responde parsimonioso. “Tranquila, princesa; uno que se va”. Es lo que más le hiere, su gesto indolente y tranquilo, en el agua, aún sabiendo que su vida está en manos de una chica histérica. No puede más. “Cuidado con lo que bebes. El día menos pensado saldrás en las noticias, cielo.”  Se pone la ropa sin haberse secado apenas, y sale raudo y sonriente de su apartamento.

Esa noche le cuesta trabajo conciliar el sueño a pesar de que ha tomado un par de valiums, y por momentos se siente como una neurótica. Se siente indefensa. No sabe cómo debería reaccionar con él.

 

-Este es mi contestador. Deja tu nombre y teléfono y cuando pueda te llamo. Si te mantienes en silencio, luego no te quejes.

Le resultaría difícil hablar con él, así que con una máquina resulta imposible. Pasan los días de la semana y lo siente en la lejanía, más distante, como otro desconocido perdido entre la multitud. Quizás fue muy brusca con él, y sabe que no le conviene gente tan complicada, pero al menos le gustaría poder despedirse con educación, sin visceralidades. Quiere hacerle saber que se dejó llevar por los nervios, que quizás no sean la pareja perfecta; quiere oírle aunque sea por última vez. No sabe aún qué decirle, pero marca el número por inercia.

-¿Sí?

-Hola. He estado pensando en lo del otro día...

-Haz el favor de no volver a molestarme.

-Por favor, escúchame. Estaba nerviosa; no sabía lo que hacía.

-Vete a la mierda.

-Sé que no fui oportuna, si pudiésemos...

-Vete a tomar por el culo, guapa.

-No tengo porqué aguantar estos insultos.

-Pues cuelga de una jodida vez.

-¿Es así de sencillo?

-No tienes ningún derecho a tratarme así; no tienes ni puta idea de quién soy, de cómo soy. Déjame vivir a mi aire. Respétame. No me trates como a un psicópata.

-¿Podrías decirme todo esto en persona?

-Que te jodan. Yo estaba a gusto en ese local y has aparecido tú para tratarme como a un enfermo. Me das una visión demasiado sórdida de mí mismo.

Ella no es capaz de disimular sus sollozos a través del teléfono.

-Se acabó, ¿entiendes, guapa? Si vuelves a verme, haz como si no me conocieras, aunque sólo sea por educación. Y que te vaya bonito, ¿vale?

 

Han pasado siete días más desde aquella noche y ella camina firme y decidida, sin titubeos. Pase lo que pase, tiene claro que será la última vez. Nunca más va a dejarse enredar en juegos morbosos. Sólo quiere aparecer por el Black Order y hablar, pero bajo ningún concepto habrá  situaciones ambiguas.

El local se encuentra bastante concurrido, las copas moviéndose, coreando: “London´s burning with boredom now!” Pero no le apetece bailar. Simplemente demostrará su sentido común, le hará ver que no se está atreviéndo ni a mirarse al espejo, parapetado tras su pose de maldito, y se largará, recuperando parte de la dignidad que le ha quitado.

A los pocos minutos le ve. Está rondando a una mulata algo gruesa. Aún le da tiempo a observarla, como el boxeador analiza al rival desde la otra esquina del cuadrilátero; es poco sofisticada pero tremendamente sensual. Ella no podría competir contra esos pechos, lo acogedor de unas caderas anchas, o una piel tostada color azúcar moreno. Él se da cuenta de que está siendo observado, pero finge naturalidad, y como aplauso a la espectadora, se lanza: tiende su vaso hacia la mulata. Si ella no acepta, le endosará lo de que sólo es hemofílico.

Entonces se oye un desagradable chisporrotazo, electricidad que se palpa en el aire, primero desaparece la música, en cuestión de segundos el local se queda a oscuras, y la multitud empieza a farfullar, creando un coro raro y falto de armonía.

Seguro que él anda improvisando alguna escapada. La gente, cansada de esperar que vuelva la luz, va saliendo del Black Order con creciente sensación de extrañeza.

Por fin le llega el aire fresco, y para su sorpresa encuentra a oscuras toda la ciudad. Los semáforos apagados. Los coches deambulan despacio, a tientas. Por suerte, los comercios se encuentran cerrados, y mucha gente duerme, pero los noctámbulos no pueden ocultar su curiosidad y emprenden conversaciones breves, entrecortadas. A su alrededor crece el nerviosismo. Ella va camino de su apartamento sintiendo una curiosa paz en su interior, quizás parecida a la que sintió al leer el final de su novela favorita. Capítulo cerrado.

 

Bastantes días después la prensa sigue atemorizando a sus lectores, hablando de aquel apagón que había dejado sin luz durante tanto tiempo a varias ciudades americanas. Apenas ha llegado a impresionarle la noticia; sin embargo, lo que nunca va a poder olvidar es aquel texto breve, el que habla de la puertorriqueña que apareció muerta en su apartamento, con las muñecas abiertas, tumbada en la bañera, flotando en su propia sangre.

 

   Ilustraciones de Carmen Moreno Domínguez

 

 

 

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