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A Ciegas David G. Panadero
David G. Panadero,
periodista y escritor, nació en Madrid en 1974. Aún
sigue muy apegado a sus viejas aficiones, como rebuscar en las
estanterías de vídeo-club y sufrir las madrugadas de Antena 3; de este
modo fundó con un grupo de amigos el fanzine Cólico Miserere en 1992.
Después llegarían las colaboraciones en publicaciones más
respetables, como Pasadizo, Cyberdark, Bibliopolis, 2001, Gigamesh, o Stalker, que actualmente dirige, más debido a su tesón, entusiasmo
y constancia que a méritos propios.
A tientas es como mejor le salen las cosas. Decide que está aburrida de reuniones familiares, de compañeros de oficina, de asistir a las bodas de sus amigas, de ir a cenar al recién estrenado apartamento de aquella compañera de promoción... Así que este fin de semana no piensa responder un solo mensaje de móvil ni un e-mail.
Una vez ha pintado sus uñas de un rotundo negro, se maquilla con
rudeza, como una actriz de película muda, se pasa un cubito de hielo
por los pezones hasta sentirlos agresivos, encaja un tanga en su
afeitado pubis, Camina como una autómata, sorteando a indigentes y taxistas, resuelta a llegar al Black Order, el último refugio para treintañeros fracasados.
El club se encuentra en el corazón del Brooklyn Heights,
bajando estrechos callejones y restos no estudiados de la arqueología
urbana. Atrás quedan los cláxones y los rugidos de los coches. Se
accede por una puerta que parece dar al alcantarillado. El local está
situado en unas antiguas cocheras del metro, allí donde tantos
despistados pisaron el tercer raíl y murieron de un fogonazo. La doble alambrada que separa el Black Order del exterior sigue
luciendo afilada y cortante, rematada en la parte superior por
cuchillas, un elemento de disuasión para todos aquellos que querían
pasar a las cocheras a entretenerse y embadurnar de graffiti
los vagones. Acaso falta una cosa: aquellos perros hambrientos que
deambulaban con furia en los ojos, recorriendo el estrecho pasillo que
quedaba libre entre las dos alambradas. Apenas ha llegado hasta la taquilla; el “Last night” de Strokes
precede a la humareda de tantos cigarros danzando en la oscuridad, de
tantos vasos entrechocando, promesas de una noche especial. Una vez
traspasadas las vallas, abajo en el gallinero es fácil confundirse
entre las oleadas de cuerpos fatigados, que bailan como epilépticos. Y
entonces se siente bien. Vestida de negro otra vez. Le asalta la idea de
que la ciudad duerme, y todos los que llenan el local respiran al unísono
como un inmenso pulmón que da vida al mundo occidental. Dead of night. En seguida se percata de que él está ahí y el corazón le da un
vuelco que no sabe si le produce dolor o placer. Se siente vulnerable.
Siempre había jugado a eso: cuando va en metro, se fija en un rostro
desconocido y trata de inventar su vida. Y trata de imaginar de dónde
viene, quién le espera, qué cenará hoy y en compañía de quién.
Ahora lo tiene frente a ella; es la materialización de sus deseos más
íntimos; todo lo que necesita para convertir esta noche en un recuerdo
perenne. Sólo es capaz de ver eso en él. No quiere ver nada más en él. Su tosca mandíbula le da un aire asilvestrado, amenazante, de bestia
que marca el territorio, y el traje típico de oficinista apenas llega a
ocultar un cuerpo fibroso, cuerpo de pantera, que se resiste a pasar
horas y horas encerrado entre ficheros y pantallas de ordenador. Es una
de esas personas que destacan entre la multitud, de esas que te hacen
volver la cabeza para asegurarte de que la has visto. Ahora ella juega a
ignorarle. Tu tiempo es muy
valioso y no has venido aquí para perder los papeles con nadie. Si
viniera hasta ti tendrías muchas cosas que decirle. Pero sabe que
no es así, y se siente como una rata cazada, como un reo esperando el
tiro de gracia, pendiente por el rabillo del ojo de este cerdo vanidoso
que la ignora. Una música especialmente envolvente, la sensación del whiskey sedándola,
luces que se tornan borrosas, movimientos torpes y lentos, la cabeza se
le dispara en mil direcciones, pero es incapaz de reconducir una sola de
esas ideas. Se ahoga entre la multitud, pero enciende un cigarrillo.
Ahora respira a través del cigarrillo mediante largas caladas. Trata de
reordenar mentalmente su entorno y le sorprende el rostro de él,
alzando la mano con la copa en un gesto de invitación. Apenas acierta a
responder, alza su propio vaso con una sonrisa discreta. Gracias
tesoro, pero me puedo pagar mis propios gin-fizz. Parálisis.
Bloqueo. Ideas que le rondan la cabeza y no llega a decir. -Tranquila, sólo soy hemofílico. -Gracias, ya voy servida. -Insisto. -... -Brindemos. Lo más que puede ofrecerle en su pequeño apartamento es vino blanco y
música de John Coltrane. El apartamento apenas dice nada de sí misma,
como si acabara de aterrizar en él. Apenas tiene fotos de nadie. Sí;
hay una de cuando ella era pequeña en la que muestra un gesto
reflexivo, la barbilla apoyada sobre unas carnosas manitas, ojos llenos
de curiosidad, mirada inteligente, gesto serio. Un gato se despereza y sale de su cojín para observar al invitado. -¿Cómo se llama? -No tiene nombre. -¿No tienes pensado...? -Me gusta jugar en igualdad de condiciones: el gato no puede llamarme
de ninguna manera así que yo tampoco le pongo un nombre. -No te importa, ¿verdad? – se quita los zapatos antes de esperar Vuelven a besarse, van dejando la ropa como un sendero de migas y
acaban en la cama. Una vez ve su cuerpo, advierte las cicatrices en las
muñecas, y aunque no quiere que se sienta compadecido, le acaricia el
pelo y le ofrece la mirada más comprensiva de la que es capaz. -Ah... ¿Te llama la atención esto? -Bueno, quizás... -Si no te gusta, puedes mirar a otra parte del cuerpo- sonríe
despreocupado. Ya tumbados, su pasividad resulta casi irritante; por tanto decide
dejar atrás escrúpulos y empieza a acariciar su pene con una mano
sabia, mano que augura más caricias. Pero toda la respuesta que obtiene
es su silencio. Lame su pecho musculado tratando de despertar deseos; la lengua baja
sin tapujos hacia el pubis y se encuentra con el comienzo de una erección.
Ya no le queda otra alternativa. -Déjalo. Sus labios responden besando abajo. -No te molestes; en serio. No hace falta. No ha caído en la cuenta de que los relojes han seguido su ciclo
implacable. Apenas él ha dado una cabezada mientras ella trataba de
dormir, y ya despunta el alba al fondo. El cielo se muestra de un
amarillo enloquecedor. Contra las pesadas nubes de polución se recortan
edificios por doquier; edificios hasta tan lejos como abarca la vista.
Recoge con gesto amargo el vestido de cuero negro que anoche se quitó
con alguna ilusión; ya es momento de desayunar y bajar a por el periódico. Siete días después se sorprende a sí misma caminando hacia el Black
Order. Ahora apenas saborea la ciudad de noche ni repara en los
callejones que va atravesando; no tiene tiempo ni capacidad de
concentración para más. Esta vez la cola para entrar es increíblemente larga. Sigue con sus
viejas aficiones, observando a la gente y reconstruyendo sus vidas.
Aquel treintañero de pelo rapado, el que lleva una pentalfa tatuada en
el hombro, seguro que se ha ido desclasando, pasando por todo tipo de
subempleos, pero se le ve contento de no tener excesivas ataduras, de
seguir viviendo como un adolescente... Hoy le resulta mucho más fácil que la primera vez. En cuanto aparece,
resalta entre las penumbras. Vuelve vestido de etiqueta otra vez. Vaya,
se me olvidó preguntarle a qué se dedica de lunes a viernes. Y sus
miradas se cruzan. Esta vez no hay lugar a equívocos. Una mirada, un
gesto de invitación, y allí quedan dos copas abandonadas que nadie
beberá. La ciudad de noche tiene algo especial. Los halos de luz de las farolas
jalonan las largas calles; de los sumideros y alcantarillas surgen
emanaciones y vapores espesos. Nueva York es una ciudad sucia pero le
gusta. Se deja llevar como una marioneta sin hilos, y en seguida se da cuenta
de que caminan hacia su propia casa. Ambos conocen ya el camino; decirlo
a las claras sería una obviedad, quizás incluso una grosería.
Simplemente siguen el camino en silencio; ella sin saber qué harán allí,
él en silencio. Acaban formando un extraño cuerpo bicéfalo, las
extremidades confundidas y mezcladas, roces bajo el agua, en la pequeña
bañera de su apartamento. Él marca un ritmo lento y ceremonioso, y se
demora en jugar con sus pezones. Ella le mira con la sonrisa más
sincera que ha mostrado en años. -Te gusta tocarme- sus manos responden por él, explorando cada pliegue
de su cuerpo- ¿No te estarás enamorando de mí?- Una sonrisa cómplice
de vencedora. -Ya sabes cómo son estos tiempos. Para enamorarme de ti debería
psicoanalizarte antes. -Mírame a los ojos: son manchas de tinta. ¿Qué te dicen?- Las
caricias continúan bajo el agua. -Es el error de mucha gente. Confiar su vida a la persona equivocada. -Entonces, cuando veas a tu princesa... -Sabré que lo es porque será la mujer con la que compartiría mi vida
hasta la muerte. Una muerte digna, que se recordará años después. El
final más digno para mi vida, para nuestra historia de amor. -Parece demasiado para digerirlo de un trago. -¿Sangrarías por mí?- Desconcertada, trata de sorprenderlo alzando
las caderas hasta dejar su sexo brillante fuera del agua. -¿Morirías
por mí? ¿Moriremos juntos?- se sienta a horcajadas sobre él, los
sexos fundidos, la mirada extraviada. Le devuelve una sonrisa trémula,
y con un chasquido de lengua él hace asomar una cuchilla entre sus
labios y le muestra sus muñecas llenas de cicatrices. Entonces se da cuenta. Que ha ido demasiado lejos. Que está
complaciendo a un sádico, y la placidez del champán viene sustituida
por un fuerte golpe en las sienes, unos latidos de corazón, bomba de
relojería que le ofrece una dosis de realismo. Y ya no quiere seguir
bajo el agua con él. Apenas consigue alzar su voz en un grito, pero
salta de la bañera para tropezar mientras intenta salir de ese cuarto
de baño. Él la mira extrañado. Gesto de “aquí no hay para tanto”, y sigue
disfrutando del agua templada,
mirándola con la sorpresa con que se mira a un loco, pero ella le
devuelve esa misma mirada de aprehensión, y coge la radio que está
enchufada a la red eléctrica. Si
sacas una navaja es para usarla. Nunca alardees de un arma; si la sacas,
úsala. Amenaza con tirarla al agua. Responde parsimonioso.
“Tranquila, princesa; uno que Esa noche le cuesta trabajo conciliar el sueño a pesar de que ha
tomado un par de valiums, y por momentos se siente como una neurótica.
Se siente indefensa. No sabe cómo debería reaccionar con él. -Este es mi contestador. Deja tu nombre y teléfono y cuando pueda te
llamo. Si te mantienes en silencio, luego no te quejes. Le resultaría difícil hablar con él, así que con una máquina
resulta imposible. Pasan los días de la semana y lo siente en la lejanía,
más distante, como otro desconocido perdido entre la multitud. Quizás
fue muy brusca con él, y sabe que no le conviene gente tan complicada,
pero al menos le gustaría poder despedirse con educación, sin
visceralidades. Quiere hacerle saber que se dejó llevar por los
nervios, que quizás no sean la pareja perfecta; quiere oírle aunque
sea por última vez. No sabe aún qué decirle, pero marca el número
por inercia. -¿Sí? -Hola. He estado pensando en lo del otro día... -Haz el favor de no volver a molestarme. -Por favor, escúchame. Estaba nerviosa; no sabía lo que hacía. -Vete a la mierda. -Sé que no fui oportuna, si pudiésemos... -Vete a tomar por el culo, guapa. -No tengo porqué aguantar estos insultos. -Pues cuelga de una jodida vez. -¿Es así de sencillo? -No tienes ningún derecho a tratarme así; no tienes ni puta idea de
quién soy, de cómo soy. Déjame vivir a mi aire. Respétame. No me
trates como a un psicópata. -¿Podrías decirme todo esto en persona? -Que te jodan. Yo estaba a gusto en ese local y has aparecido tú para
tratarme como a un enfermo. Me das una visión demasiado sórdida de mí
mismo. Ella no es capaz de disimular sus sollozos a través del teléfono. -Se acabó, ¿entiendes, guapa? Si vuelves a verme, haz como si no me
conocieras, aunque sólo sea por educación. Y que te vaya bonito, ¿vale? Han pasado siete días más desde aquella noche y ella camina firme y
decidida, sin titubeos. Pase lo que pase, tiene claro que será la última
vez. Nunca más va a dejarse enredar en juegos morbosos. Sólo quiere
aparecer por el Black Order y hablar, pero
bajo ningún concepto habrá situaciones
ambiguas. El local se encuentra bastante concurrido, las copas moviéndose, coreando: “London´s burning with boredom now!” Pero no le apetece bailar. Simplemente demostrará su sentido común, le hará ver que no se está atreviéndo ni a mirarse al espejo, parapetado tras su pose de maldito, y se largará, recuperando parte de la dignidad que le ha quitado. A los pocos minutos le ve. Está rondando a una mulata algo gruesa. Aún
le da tiempo a observarla, como el boxeador analiza al rival desde la
otra esquina del cuadrilátero; es poco sofisticada pero tremendamente
sensual. Ella no podría competir contra esos pechos, lo acogedor de
unas caderas anchas, o una piel tostada color azúcar moreno. Él se da
cuenta de que está siendo observado, pero finge naturalidad, y como
aplauso a la espectadora, se lanza: tiende su vaso hacia la mulata. Si
ella no acepta, le endosará lo de que sólo es hemofílico. Entonces se oye un desagradable chisporrotazo, electricidad que se
palpa en el aire, primero desaparece la música, en cuestión de
segundos el local se queda a oscuras, y la multitud empieza a farfullar,
creando un coro raro y falto de armonía. Seguro que él anda improvisando alguna escapada. La gente, cansada de
esperar que vuelva la luz, va saliendo del Black Order con creciente
sensación de extrañeza. Por fin le llega el aire fresco, y para su sorpresa encuentra a oscuras
toda la ciudad. Los semáforos apagados. Los coches deambulan despacio,
a tientas. Por suerte, los comercios se encuentran cerrados, y mucha
gente duerme, pero los noctámbulos no pueden ocultar su curiosidad y
emprenden conversaciones breves, entrecortadas. A su alrededor crece el
nerviosismo. Ella va camino de su apartamento sintiendo una curiosa paz
en su interior, quizás parecida a la que sintió al leer el final de su
novela favorita. Capítulo cerrado. Bastantes días después la prensa sigue atemorizando a sus lectores,
hablando de aquel apagón que había dejado sin luz durante tanto tiempo
a varias ciudades americanas. Apenas ha llegado a impresionarle la
noticia; sin embargo, lo que nunca va a poder olvidar es aquel texto
breve, el que habla de la puertorriqueña que apareció muerta en su
apartamento, con las muñecas abiertas, tumbada en la bañera, flotando
en su propia sangre.
Ilustraciones de Carmen Moreno Domínguez
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