El corazón del la sombra (A propósito de 21 gramos)

Por Mariano Sánchez Soler

 

En estas líneas, el escritor Mariano Sánchez nos brinda unas sinceras e incluso íntimas reflexiones acerca de la polémica película 21 gramos. De Mariano conocemos todos la faceta de ensayista y de novelista; acerquémonos ahora al Mariano cinéfilo, seguro que nos aportará ideas interesantes.

 

 

     “¿Y cuánto se gana?”, dice la voz en el momento de la muerte. 21 gramos es el peso de la última (¿y única?) verdad en esta gran película que nos habla del dolor, de la culpa, de la fragilidad de nuestras ilusiones, y lo hace con la angustia de saber que ni siquiera es posible la redención. “¡Tanto amor y no poder hacer nada contra la muerte!”, escribió César Vallejo. Cuánto talento vertido por Alejandro González Iñárritu y Guillermo Arriaga en esta obra densa, final, tejida más allá de las visiones crepusculares de la condición humana.

     Los cineastas nos atrapan con su red narrativa, nos obligan a dar saltos en el tiempo (ya lo hizo el gran Stanley Donen en Dos en la carretera con un relato sobre la crisis de la pareja), para que sus personajes confluyan alrededor de un hecho terrible que los unirá en un mismo destino de violencias, de angustias, de miedos. Y de fatalismo en dosis magistrales. El espectador que quiera escapar de tan angustiosa red tendrá que renunciar en mitad de película, desconectarse de ella y rechazarla antes de que sea demasiado tarde. De lo contrario...

     Los autores de 21 gramos cortan su narración con precisión de escalpelo y, como en una rueda (que debe mucho al suspense de Hitchcock en su dosificación calculada de la información), nos hace girar alrededor de un hecho que da muerte y vida a unos personajes (encarnados por actores soberbios) sometidos a una danza macabra que nos mantiene sobre ascuas, a través de una historia negra que firmarían gustosos novelistas de la talla de James M. Cain o Nicholas Blake, y que certeramente se instala en nuestros propios temores.

     La película de Iñárritu y Arriaga no es casual en la filmografía azteca. Un filme como el suyo no sería posible si en sus cimientos no pudiéramos encontrar rasgos de la mirada del Buñuel mejicano (Los olvidados, Él, Abismos de pasión...); sin el realismo tremendista de Luis Alcoriza o el Indio Fernández, sin la exuberancia melodramática del Ripstein de Profundo carmesí. Aunque se trata de una producción estadounidense, la visión del mundo ofrecida por los autores de 21 gramos sigue la estela de la cinematografía mexicana más dura. Y no es casual que, una vez abandonada la sala de proyección, nos asalten destellos de Bajo el volcán de Malcolm Lowry, filmado por John Huston, mezclados con la visión destartalada del sueño americano ofrecida por el Wim Wenders de Alicia en las ciudades y París, Texas.

     El cine de autor tiene sus peligros y quizá muchos espectadores y críticos no perdonen a los autores de Amores perros que, más allá de los circuitos de culto, se hayan asomado a lo más templado de la cartelera comercial. También esto le ocurre a David Lynch: que molesta, apasiona, sorprende... Pero al autor de Terciopelo azul y Mulholland Drive no le importa hacernos cantar sin banda y demostrarnos que la belleza, la inocencia y la luz se alimentan de la fealdad, la culpabilidad y la sombra. Para llegar a este mismo lugar desolado, Iñárritu y Arriaga van directamente al corazón de la oscuridad, al Dolor, sin intelectualismos simbólicos. Y entran a saco.

     Así es que, como el lector habrá comprendido ya, 21 gramos es, para quien esto escribe, una obra maestra del cine, una película de la que no he dejado de pensar desde que la vi hace ya varios meses. Ni un solo día me he podido quitar de la cabeza los rostros de Sean Penn, Naomi Watts y Benicio del Toro, a quienes no podré ver en otra película durante bastante tiempo, mientras me sigan persiguiendo sus personajes. Quizá se deba a que únicamente conozco un modo de enfrentarme al riesgo de juzgar las obras de arte: sin prejuicios, sin máscaras, sin piedad, pero siempre dispuesto a sucumbir.

 

 

 

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